Entre Sonidos, Código y Resistencia: Mi Trayectoria en la Música y la Tecnología
- Maria Argandoña Tanganelli

- hace 5 días
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Es inicio de año. 5 de enero. Primer lunes.
En medio de este tiempo suspendido entre lo que pasó y lo que aún está por venir, me descubrí reflexionando sobre toda mi trayectoria — y, sobre todo, sobre el yo que he venido construyendo a lo largo de este camino. Hoy percibo que mi formación se estructura como una tripartición indisociable entre música, tecnología e investigación: no como campos paralelos, sino como dimensiones que se nutren mutuamente y conforman un único todo — un mismo espacio de indagación, creación y posicionamiento en el mundo.
Comencé a tener contacto con computadoras muy temprano — aún en la infancia, con Windows 95, alrededor de los cuatro años de edad. En 1998, tuve mi primer contacto con HTML, una experiencia que despertó una profunda curiosidad por los entresijos de la tecnología y por la lógica detrás de las interfaces. A los diez años, inicié mis estudios musicales, y la composición ya se hacía presente como un espacio de invención y expresión, aunque en ese momento todavía no la reconocía como una posibilidad profesional.
Tal vez por ser mujer — y por la ausencia casi total de representatividad femenina en la creación musical y tecnológica — la idea de ser compositora simplemente no se presentaba como un destino posible. El horizonte que se me ofrecía parecía restringido, muchas veces limitado al ámbito de la educación, como si la invención, la autoría y la experimentación no fueran lugares legítimos para mí. Fue solo cuando comprendí que podía ser tan inventiva como cualquier compositor que realmente me encontré en la composición.
Ese reconocimiento se articuló de manera natural con algo que siempre me acompañó: el deseo constante de estar en contacto con lo nuevo, con aquello que emerge, se transforma y redefine prácticas. Así, mi interés por la tecnología — presente desde la infancia — pasó a integrarse de forma orgánica a la música, no como una herramienta auxiliar, sino como parte constitutiva de mi pensamiento creativo y analítico.
Durante la licenciatura en Música, profundicé mi interés por la composición contemporánea, la música electroacústica y la tecnología musical. En ese período, participé en el grupo Vozes Inaudiáveis, un colectivo dedicado a la valorización de mujeres compositoras y a la reflexión crítica sobre autoría, invisibilización y relaciones de poder en la música. Esta experiencia fue decisiva para mi formación ética, estética y política.
También fui cofundadora del CLAP — Colectivo Libre de Arte y Programación, un intento de crear un espacio verdaderamente colaborativo entre arte y tecnología. El grupo terminó disolviéndose en el período posterior a la pandemia, revelando algo que sigo observando con frecuencia: los trabajos colectivos siguen siendo raros en la música, especialmente en el campo de la composición. Persisten, casi intactos, estereotipos heredados del siglo XIX — la figura del genio aislado, individualista y, muchas veces, masculinizado — que dificultan prácticas colaborativas, horizontales y críticas.
Desde mi percepción, esta misma lógica contribuyó a que mi paso por el Studio PANaroma fuera breve. Los entornos que valoran poco la colaboración y la contestación crítica tienden a excluir voces que cuestionan estructuras cristalizadas. Aun así, cuando esos intentos de inserción no se concretaron como se esperaba, nunca se transformaron en abandono. El impulso creativo que me mueve — aquello que reconozco como mi potencia inventiva — no se conforma con la desesperanza. Por el contrario, se reorganiza, persiste y busca nuevos modos de existir.
Fue también en este recorrido que percibí de forma intensa que ser mujer en el ámbito de la música electroacústica y la tecnología, especialmente en el contexto brasileño, sigue significando ocupar un espacio de excepción. La ausencia de referentes femeninos no es solo una cuestión estadística: impacta directamente en la forma en que nos proyectamos profesionalmente. Por ello, mi trabajo asume también un compromiso político: hacer visible la presencia de las mujeres en la creación musical y tecnológica, mostrando que este camino es posible.
Al mismo tiempo, reconozco que mi trayectoria estuvo atravesada por procesos continuos de sabotaje, muchos de ellos naturalizados, que considero comenzaron aún en la infancia. Expectativas rebajadas, invalidación de elecciones, desánimo sistemático, interrupciones y silenciamientos sutiles — no siempre explícitos, pero recurrentes — formaron parte del recorrido. Estos obstáculos no responden a una incapacidad individual, sino a estructuras que históricamente operan para limitar la autonomía, la ambición y la permanencia de las mujeres en campos considerados técnicos, autorales o de poder simbólico.
Actualmente, en el posgrado de maestría, estoy desarrollando investigaciones que articulan improvisación, tecnología y análisis musical, comprendiendo la música no solo como técnica u objeto estético, sino como práctica social. La improvisación, en particular, aparece para mí como una metáfora de la vida colectiva: escucha atenta, adaptación continua, respuesta al otro y construcción de sentido en tiempo real.
Estar cursando la maestría en la UNESP representa para mí, simultáneamente, un logro y un acto de resistencia. A pesar de que la institución alberga uno de los estudios de música electroacústica más importantes del país, se hizo evidente que un proyecto orientado a la investigación en IA e improvisación suele ser percibido como algo ajeno a la composición musical o a las estéticas de interés del estudio. Considero esta postura un retroceso para el avance de la investigación en música y tecnología, especialmente en un contexto en el que estas intersecciones ya son centrales en el debate internacional.
Aun así, no todo se pierde en este escenario. Persisten profesoras e investigadores comprometidos con la expansión del campo, atentos a las transformaciones contemporáneas y dispuestos a sostener investigaciones que desafían los límites disciplinarios. Es en este espacio — entre fricción institucional y apertura crítica — donde continúo desarrollando mi trabajo, reafirmando la improvisación, la tecnología y la investigación como dimensiones inseparables del hacer composicional.
Paralelamente a la investigación musical, inicié una licenciatura en Ciencia de la Computación, motivada por la necesidad de comprender los sistemas que moldean la producción cultural contemporánea. He estudiado fundamentos de programación, backend, DevOps e Inteligencia Artificial, buscando integrar este conocimiento al campo musical de manera crítica y creativa.
De esta intersección surgieron proyectos como Sonata Analyzer, orientado al análisis musical automático a partir de archivos MIDI, y Therapy Blues, una aplicación pensada para prácticas musicales improvisatorias y terapéuticas. En ambos casos, la tecnología no aparece como sustituta de la creación humana, sino como una herramienta para la ampliación de la escucha, el análisis y la experiencia musical.
Mi interés por la IA aplicada a la música está profundamente ligado a esta visión: creo en sistemas que dialogan con lo humano, que respetan contextos culturales, históricos y sociales, y que no borran la autoría, la diversidad ni la subjetividad.
Hoy, mi trayectoria se construye precisamente en este espacio intermedio:
entre sonidos y códigos
entre arte e ingeniería
entre investigación, creación y resistencia.
Este blog nace como un espacio para compartir este camino — con sus preguntas, experimentaciones e inquietudes — y, sobre todo, para afirmar que es posible habitar la tecnología sin renunciar a la música, la ética y la identidad.






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